Serie · Historia de la función policial en el Perú
En defensa de la Patria
Eran tiempos de crisis económica. El guano había dejado de significar lo mismo ante la irrupción del salitre, producto que no era exclusivo del Perú sino que también exportaban Bolivia y Chile. Intereses económicos y geopolíticos se fueron activando hasta desatar la Guerra del Pacífico.
El estado de crisis en que se encontraba el país no podía ser más evidente que en su falta de preparación para enfrentar una guerra. Aun así, los cuerpos que ejercían entonces la función policial —Guardia Nacional, Guardia Civil y gendarmería, junto a algunos cuerpos de celadores todavía existentes— acompañaron al ejército de línea y a la población en la resolución de defender el país.
La Guardia Urbana y el orden interior
La seguridad interna no podía descuidarse. En 1879 se dispuso que la Guardia Urbana asumiera la función policial: un cuerpo integrado por los vecinos organizados, por las compañías de bomberos y por miembros de las colonias extranjeras. En aquellos tiempos difíciles su aporte fue valioso.
Por su parte, el dictador Nicolás de Piérola (1879-1881) dio en febrero de 1880 un decreto que establecía la distribución de las comisarías y de las fuerzas de policía en toda la república.
La absorción de los cuerpos policiales por el ejército
La movilización desmontó de hecho el aparato policial. El Batallón de Gendarmes de Lima fue integrado al ejército como el Lima 14; en Arequipa se constituyó un batallón de guardias civiles y gendarmes que pasó a formar parte de la tercera división; los gendarmes del Cusco integraron el aguerrido batallón Zepita n.º 2; y la gendarmería de Iquique y Tarapacá, junto con sus guardias civiles, integró la quinta división del coronel Ríos. Se formaron además numerosos batallones de Guardia Nacional, como el Iquique, al mando del joven y acaudalado empresario Alfonso Ugarte.
La campaña del sur
Estos policías hicieron toda la campaña del sur.
- Pisagua, 2 de noviembre de 1879. Guardias civiles del puerto, junto a guardias nacionales y cuerpos del ejército boliviano, resistieron más de ocho horas el desembarco de diez mil soldados chilenos al amparo de la artillería de toda la escuadra.
- San Francisco, 19 de noviembre de 1879. Como parte de la División Bolognesi asistieron al desastre.
- Tarapacá, 27 de noviembre de 1879. El guardia Mariano Santos Mateos arrebató la enseña enemiga; ascendido después a inspector de guardias, quedó en la memoria institucional como «el Valiente de Tarapacá». Policías y soldados escalaron la cuesta tarapaqueña a órdenes de Cáceres, y fue la división del coronel Ríos, con sus guardias nacionales, guardias civiles y gendarmes de Tarapacá e Iquique, la que consolidó el triunfo peruano defendiendo su propio terruño.
- Los Ángeles, 22 de marzo de 1880. Tomaron parte los gendarmes de Moquegua.
- Tacna, 26 de mayo de 1880. Guardias civiles al mando del prefecto Del Solar combatieron junto al legendario Zepita del coronel Cáceres.
- Arica, 7 de junio de 1880. Los guardias civiles de Iquique y la gendarmería de Tarapacá cayeron al mando de los coroneles Alfonso Ugarte y Ramón Zavala, junto a la decisión del coronel Bolognesi de no rendirse.
La defensa de Lima
También estuvieron presentes en la defensa de la capital. Un contingente de guardias civiles al mando del comisario Negrón murió en el cerro Volcán, en la primera línea de defensa de San Juan, el 13 de enero de 1881. En la batalla de Miraflores, el 15 de enero de 1881, un contingente de celadores chalacos acompañó la carga del Batallón de Guardia Marina del capitán de navío Juan Fanning.
Los días del saqueo
Los días previos a las batallas por la capital fueron testigos del trabajo de la Guardia Urbana, a la que tocó un papel protagónico para contener los desmanes y el caos que trajo la derrota.
Cuerpos acéfalos de la reserva, unidos a marginales urbanos, iniciaron en la noche del 16 de enero una serie de saqueos e incendios que hubo que contener por la fuerza. Algunos miembros de la Guardia Urbana murieron al tratar de sofocar los incendios ante una multitud desbordada que había empezado a atacar a miembros de la colonia china.
Ese episodio —violencia dirigida contra una minoría inmigrante en el colapso del orden— es uno de los más sombríos del periodo y suele quedar fuera de los relatos conmemorativos. Corresponde nombrarlo tal cual: un ataque contra población civil china residente en Lima, ocurrido mientras el Estado se desmoronaba.
Bajo la ocupación
Ocupada la ciudad por el ejército chileno, correspondió a la gendarmería sostener el «Gobierno de La Magdalena», encabezado por el doctor Francisco García Calderón, que no cedió territorio nacional ante las exigencias de las fuerzas de ocupación.
Y el gesto de resistir al invasor por parte del general Cáceres halló eco en unos gendarmes que convalecían de sus dolencias en la ciudad de Jauja: fueron de los primeros en integrar el Ejército de la Breña.
El costo institucional
Más allá de los hechos de armas, la guerra tuvo para la función policial una consecuencia estructural que conviene subrayar. El país entró en el conflicto en pleno intento de construir cuerpos policiales estables —el reglamento de 1873 y la primera Guardia Civil, descritos en el capítulo anterior— y salió de él con ese proceso deshecho: los cuerpos absorbidos por el ejército y diezmados, el tesoro destruido y el territorio mutilado.
La reconstrucción tendría que empezar por lo más elemental, y tardaría cuatro décadas en producir una reforma real. Es el asunto de el capítulo siguiente. Las colecciones que conservan material de esta campaña figuran en la guía de museos.