Serie · Historia de la función policial en el Perú
El orden incaico
El Estado inca llevó el control social integrado a un grado de elaboración que no tuvo equivalente en la región. Su interés para una historia de la función policial no está en que inventara una policía —no lo hizo—, sino en que construyó una cadena de fiscalización continua que iba desde el jefe de familia hasta el vértice del imperio, y en que asignó tareas de aprehensión y castigo a funcionarios identificables.
La cadena de control
El sistema empezaba en el puric, el padre de familia, unidad básica de tributación y de responsabilidad, y ascendía hasta el curaca o señor local. El curaca quedaba a su vez sujeto al control de los apunchic o cápac apo, gobernadores regionales. Y estos gobernadores estaban sometidos a la vigilancia y fiscalización de los tucuyricuy.
El nombre de estos últimos —«los que todo lo ven y lo oyen»— describe su función mejor que cualquier definición. Eran inspectores enviados desde el centro que verificaban el cumplimiento de las normas de conducta social consideradas deseables para una convivencia basada en la reciprocidad, siempre con la mira puesta en obtener una buena producción para redistribuir.
Ese detalle es la clave del sistema. La fiscalización no perseguía el delito en abstracto: perseguía todo aquello que amenazara el ciclo de producción y redistribución sobre el que descansaba el poder del Estado. El orden y la economía eran la misma cosa.
Los auxiliares
Los tucuyricuy contaban con michos, auxiliares que actuaban como consejeros, inspectores y pesquisidores. La palabra pesquisidor es significativa: describe una función de averiguación, no solo de vigilancia. Alguien tenía que reconstruir qué había ocurrido antes de que se aplicara una sanción.
Dos justicias, dos insignias
La ejecución de la justicia estaba repartida según la condición social del infractor, y ese reparto es probablemente el rasgo más revelador del sistema.
- El cápac apo uatac, o alcalde de corte, ejercía una función policial dirigida exclusivamente a la elite incaica. Su insignia era la mascapaicha del Inca, el emblema más alto disponible.
- Para aprehender a los plebeyos existían el uatac camayoc o alguacil mayor y el chacnay camayoc o alguacil menor, cuyas insignias eran, respectivamente, la chuspa y las ojotas del Inca.
Los tres actuaban en nombre del Inca y portaban un objeto suyo como acreditación, pero la jerarquía de esos objetos reproducía exactamente la jerarquía de las personas a las que podían detener. Detener a un noble requería la insignia máxima; detener a un común, un objeto cotidiano. La autoridad no era abstracta: se delegaba materialmente, y su alcance estaba escrito en el objeto que se llevaba encima.
El vértice del sistema
El Inca, situado como nexo entre los dioses y los hombres, era el principio ordenador del mundo y por tanto el vértice de este sistema de control. Este se aplicaba con rigor apoyándose a la vez en principios morales y éticos y en una parafernalia religiosa que subrayaba la importancia de convivir en armonía, trabajar con eficiencia y acatar la norma.
A eso aludía la expresión paz incaica, y a su mantenimiento contribuían estos agentes estatales de carácter policial. Es una paz en el sentido en que lo son todas las paces imperiales: orden garantizado por un poder que no se discute, sostenido por una legitimidad religiosa que hace del incumplimiento no solo un delito sino una transgresión cósmica.
Qué sobrevivió y qué no
La conquista española desmontó este aparato, pero no todos sus elementos desaparecieron al mismo ritmo. La figura del curaca sobrevivió largamente, incorporada como intermediaria al sistema colonial. La cadena de fiscalización, en cambio, se perdió: nada en el orden colonial temprano cumplió la función de los tucuyricuy.
La lógica que llegó a reemplazarla fue radicalmente distinta —urbana, escrita, jerarquizada de otra manera— y es el asunto del capítulo siguiente. Para el contexto general del Estado inca puede consultarse la entrada de Britannica sobre los incas.