Serie · Historia de la función policial en el Perú
En el principio…
Toda historia institucional tiene la tentación de empezar demasiado pronto, buscando antecedentes remotos que legitimen lo actual. Conviene por eso empezar este capítulo aclarando qué se puede y qué no se puede afirmar sobre el periodo prehispánico.
Lo que se puede afirmar es que la función existía. Cualquier sociedad que produce excedente, lo almacena y lo redistribuye necesita mecanismos para hacer cumplir normas, resolver conflictos y proteger recursos. Lo que no se puede afirmar es que existiera una institución policial en el sentido moderno: un cuerpo especializado, separado de otras funciones de gobierno, con mando propio y dedicación exclusiva. Esa figura es muy posterior, y proyectarla hacia atrás distorsiona lo que realmente ocurría.
Seguridad como razón de la vida en común
El punto de partida es sencillo. Los seres humanos constituyeron colectividades, entre otras razones, para mejorar sus posibilidades de supervivencia y obtener la seguridad necesaria para el desarrollo ordinario de la vida. Alrededor de esa necesidad se esboza la génesis de lo que después se llamará función policial, y a medida que las colectividades se hacen más complejas, esa función también.
En los Andes esa complejidad llegó pronto y en condiciones difíciles. La geografía peruana —desierto costero, cordillera, selva, y un régimen hídrico irregular— penaliza duramente los fallos de coordinación. Una sociedad que depende de canales de riego, andenes y almacenes necesita que las reglas sobre agua, trabajo y depósito se cumplan; y necesita alguien que verifique que se cumplen.
Señoríos regionales y control social
Cuando se desarrollan señoríos y estados regionales, el componente de control aparece integrado en los atributos de poder del grupo dirigente. No es un aparato aparte: es una función del mando, ejercida por los mismos que administran la producción y el culto. Esa integración es la característica definitoria del periodo, y explica por qué las normas de convivencia se sostienen tanto en la coerción como en el marco religioso y moral.
El desarrollo estatal se acelera con políticas expansivas orientadas a controlar el recurso hídrico y a dominar la llamada economía vertical —el aprovechamiento simultáneo de distintos pisos altitudinales—, que incrementa la capacidad productiva y permite redistribuciones a gran escala. Es entonces cuando aparecen con más nitidez los primeros esbozos de funcionarios con encargo de mantener el orden: gente cuya tarea es asegurar el funcionamiento del sistema de control social sobre el que descansa la vigencia del Estado.
El testimonio de la iconografía
Sin escritura, la evidencia sobre normas y castigos procede en buena medida de la imagen. Y la imagen andina antigua es explícita sobre el uso de la fuerza como garantía del orden.
La iconografía felínica de Chavín permite apreciar la magnitud de lo religioso como garantía del orden. Los textiles Paracas muestran figuras voladoras portando cabezas cortadas, motivo que reaparece siglos después en la cerámica Nazca. La iconografía Moche representa combates rituales y el sacrificio de los vencidos. Las deidades pétreas de Pucará exhiben cabezas degolladas como parte de su representación.
Estas escenas describen un orden sagrado con implicancias vitales para la subsistencia de esas sociedades. Es una cosmovisión en la que el orden es integral y no admite distinción entre lo sagrado y lo profano: no hay una esfera religiosa separada de una esfera de seguridad pública, porque no hay dos esferas.
Conviene, eso sí, leer estas imágenes con cautela. Son representaciones cargadas de función ritual y política, no crónicas. La discusión académica sobre cuánto de la violencia representada corresponde a práctica efectiva y cuánto a construcción simbólica sigue abierta, y buena parte del material citado se conserva en las colecciones arqueológicas reunidas en la guía de museos.
Especialistas en el uso de la fuerza
El resultado de todo lo anterior es una necesidad concreta: además de cuestiones religiosas y morales, estos estados requerían individuos especializados en el uso de la fuerza, tanto para agredir y defenderse de los foráneos como para controlar y garantizar el orden interno.
Esa doble orientación —hacia afuera y hacia adentro— sin separación institucional entre ambas es, quizá, el rasgo del periodo que más consecuencias tendrá a largo plazo. La distinción entre defensa exterior y seguridad interior, entre soldado y policía, no aparecerá con claridad en el Perú hasta muy avanzado el siglo XX, como muestra el último capítulo de esta serie. El siguiente paso del recorrido es el sistema que llevó ese control integrado a su máxima elaboración: el orden incaico.