Serie · Historia de la función policial en el Perú
El orden hispano
La llegada de los españoles trajo el derrumbe del sistema incaico y la instauración de un orden colonial cuyas instituciones de control social diferían enormemente de lo desarrollado hasta entonces por las sociedades prehispánicas. La diferencia no era de grado sino de concepción.
Una idea urbana de la policía
En el mundo hispano el ejercicio de la función policial correspondía sobre todo a un contexto urbano. Respondía a la necesidad de regular la convivencia de quienes cohabitaban el espacio de la ciudad, y los españoles eran herederos de una tradición urbana grecorromana: la ciudad concebida como asentamiento de individuos que gozaban de cierta igualdad en su condición de ciudadanos.
La ciudad prehispánica era otra cosa: un centro administrativo, religioso y de producción especializada, cuyos habitantes no eran individuos sino colectivos diferenciados y articulados socialmente. De esa diferencia se sigue todo lo demás.
El orden legal que llegó era escrito y complejo, en la medida en que era compleja la tradición configurada a partir de la polis griega —de donde procede etimológicamente la palabra policía—, mantenida en la civitas romana y prolongada en los burgos de fines del medioevo. Regular la convivencia encerraba un sentido individual propio de Occidente: se trataba de gobernar la ciudad y a sus habitantes, de hacer «política» y tener «policía». Había diferencias de estatus, pero existía un punto de convergencia como habitantes del espacio urbano.
Esa dimensión secular permitió desacralizar en parte el ejercicio de la función policial, aunque lo religioso y lo moral no le fueran indiferentes: se trataba de ciudadanos cristianos, vasallos de un rey católico.
El cabildo y el primer alguacil mayor
Inicialmente la función fue asumida por el cabildo. Al erigirse la Ciudad de los Reyes como capital de la Gobernación de Nueva Castilla en 1535, el cabildo invistió como su primer alguacil mayor a Martín Pizarro, pariente del conquistador Francisco Pizarro.
Su encargo, leído hoy, describe con notable precisión qué se entendía entonces por mantener el orden:
- guardar el orden y velar por las buenas costumbres;
- perseguir a los soldados delincuentes;
- dar cuenta de las pendencias originadas por juego o bebida;
- poner fin a los duelos;
- perseguir a los esclavos huidos y capturar a los fugados;
- vigilar la cárcel;
- hacer cumplir los bandos de carácter policial emanados del cabildo.
Para ejercer estas funciones organizaba rondas nocturnas con la participación obligada de vecinos de reconocida honorabilidad. Es un rasgo característico del periodo: la vigilancia no la hacía un cuerpo profesional sino los propios vecinos, obligados por su condición. Su labor era secundada por alguaciles menores y alguaciles de campo, estos últimos con jurisdicción en caminos, tambos y pueblos aledaños.
El mundo que había que vigilar
La problemática de seguridad de la época respondía a la violencia que enmarcó la instauración del dominio hispano. Esa violencia se constituyó en marco de la vida cotidiana y en lenguaje recurrente de protesta para quienes quedaron al margen de los beneficios de la conquista.
La soldadesca no lograba avenirse a la vida quieta de la ciudad y encontraba en ella y en el campo el espacio donde ejercer su descontento mediante raterías y pendencias. Díscolos y propensos a aventuras temerarias, eran los primeros en sumarse a las entradas de descubrimiento hacia tierras ignotas —«Dorados» fabricados por las autoridades españolas precisamente para deshacerse de población tan peligrosa—. Aparecían en los tumultos de las ciudades peruleras del siglo XVI y alimentaban las luchas entre conquistadores o las banderías de las nuevas ciudades, como la pugna entre vicuñas y vascongados en la Villa Imperial de Potosí, en el Alto Perú. De aquel mundo quedaron para la historia figuras violentas y trágicas como Lope de Aguirre.
Tres grupos y una dominación
El marco violento de una sociedad nacida de la conquista se dejaba ver en la interacción entre los tres principales grupos humanos de la colonia: españoles, indígenas y africanos.
En el caso de la población negra la dominación era abierta y desembozada: se trataba de la esclavitud. Llegados al Perú como esclavos para servir primero en la guerra y después en labores domésticas y agrícolas, su situación no iba acompañada de resignación. De ahí las fugas constantes para formar palenques en el monte desde donde intentaban tener autonomía, cultivando pequeños huertos y constituyendo bandas que atacaban a viajeros en los descampados o a las haciendas en los campos.
La población indígena, en su estatus de vasallos tutelados, trató de asimilar el impacto de la conquista. Las respuestas fueron desde la reafirmación nativista que rechazaba todo contacto con lo español —especialmente sus valores religiosos, como en el Taki Onkoy y el Moro Onkoy del sur andino— hasta el rechazo a incorporarse como mano de obra del sistema productivo colonial, expresado en fugas, vagabundeo y suicidio. La ciudad ofrecía refugio, y en ella sacaban provecho de su condición de vasallos, para quienes existía una legislación paternal a la que recurrían para maniobrar en una sociedad rígida. Ello no impidió que protagonizaran, más adelante, revueltas serias que alteraron en más de una ocasión el orden del virreinato.
Pero los grandes marginados fueron las castas surgidas del mestizaje, cada vez más numerosas y asentadas en la ciudad, donde constituyeron la plebe urbana. Sus tensiones interétnicas se manifestaban violentamente en la vida cotidiana. Los callejones de los arrabales, las tabernas, chinganas y pulperías eran los puntos de encuentro de un mundo de pandilleros, ladrones, truhanes, prostitutas, vagabundos, mercachifles y mendigos. La rivalidad interétnica propiciada por la administración colonial, sumada a la marginalidad y la pobreza, alimentaba ese mundo.
Ese es el escenario que el aparato virreinal maduro intentará controlar con instrumentos más centralizados, asunto del capítulo siguiente. Para el marco general del periodo puede verse la síntesis del periodo colonial en Britannica.