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Serie · Historia de la función policial en el Perú

La policía bajo los Borbones

Ilustración contemporánea de un farol de aceite colgado en la esquina de una calle colonial de noche
Ilustración contemporánea de un farol de aceite colgado en la esquina de una calle colonial de noche

El Perú virreinal se hacía más complejo, como complejos eran sus componentes sociales y la difícil interacción entre ellos. Los distintos gobernantes debieron tomar medidas para reforzar la estructura del sistema colonial en el aspecto policial, y el siglo XVIII las multiplicó hasta configurar algo reconocible como una política de seguridad urbana.

Antecedentes: el siglo XVII

El virrey Antonio de Mendoza (1551-1552) tuvo que intervenir con una guardia de alabarderos para asegurar el orden entre los habitantes de la ciudad, lo que no impidió que el virrey conde de Nieva (1561-1564) muriera asesinado a raíz de sus correrías amorosas. El campo, permanentemente afectado por cimarrones y bandoleros, era preocupación constante de los virreyes: mantener a la Santa Hermandad no siempre resultaba posible, de modo que cuerpos de milicias como los dragones constituyeron partidas de campo para ejercer la función policial en el ámbito rural. Por otro lado, la incidencia del contrabando ameritó medidas específicas para evitar sus consecuencias sobre el sistema comercial y productivo.

El nuevo criterio administrativo

El cambio de dinastía en la metrópoli, de la austriaca Habsburgo a la francesa de los Borbón, trajo consigo un criterio administrativo distinto. Se buscaba robustecer el aparato político y administrativo colonial para encarar condiciones sociales y económicas adversas que, entre otras cosas, agravaron el cimarronaje y el bandolerismo, y aumentaron la propensión a las revueltas de la población indígena afectada por las crisis y por las nuevas medidas. En las ciudades, las contradicciones sociales de la plebe urbana se traducían en mayor incidencia de la delincuencia.

El virrey Amat: dividir la ciudad

El virrey Manuel Amat y Junient (1761-1776) tomó las decisiones de mayor alcance duradero.

  • En 1762 ordenó que a diario, desde las diez de la noche, se hiciera una ronda en la ciudad, turnándose los alcaldes del crimen.
  • En 1767 dividió la ciudad en barrios o cuarteles para su mayor cuidado y vigilancia, nombrando un alcalde o comisario para cada uno. Esta medida está en el origen de las actuales jurisdicciones policiales y del título que ostentaban los oficiales que las comandaban.
  • Ese mismo año estableció el alumbrado público mediante faroles sostenidos por el vecindario, como medida preventiva dirigida a terminar con las sombras que amparaban a los delincuentes.
  • En 1771 publicó un bando y formó un cuerpo policial para las rondas nocturnas.

La combinación de las dos medidas de 1767 —dividir el territorio en jurisdicciones con responsable nombrado, e iluminar el espacio público— es exactamente la receta de la policía urbana moderna, aplicada en Lima décadas antes de que existiera nada parecido a una institución policial. Merece subrayarse: la comisaría, como demarcación y como cargo, nace aquí.

De Croix y la primera reglamentación

Las innovaciones continuaron con el virrey Teodoro de Croix (1784-1790). En 1785, por consejo del visitador general y ex consejero de Indias Jorge Escobedo y Alarcón, elaboró una nueva «División de Cuarteles y Barrios», con instrucciones para el establecimiento de alcaldes de barrio en la ciudad de Lima. En 1786 se emitió el «Nuevo Reglamento de Policía, agregado a la Instrucción de Alcaldes de Barrio».

Y en 1790 se nombró, desde la estructura del Estado colonial, al primer funcionario policial propiamente dicho: el teniente de policía, cargo asumido por Joseph María de Egaña, quien formuló además el primer cuadro demostrativo de la población de Lima para su mejor control y servicio.

Ese censo dice mucho. La vigilancia moderna empieza por saber cuánta gente hay y dónde vive; el registro precede al control.

Serenos y celadores

El ejercicio de la función policial entraba en una etapa eminentemente estatal, dejando de lado la injerencia de los gobiernos locales. La tendencia continuó con el virrey Gabriel de Avilés (1801-1806), que mandó establecer un servicio nocturno de serenos, ensayado primero en el barrio de Monserrate.

Para entonces bandoleros y revueltas de corte separatista se acentuaban en medio de una aguda crisis económica, y la plebe urbana protagonizaba con mayor frecuencia actos de violencia. La respuesta del sistema colonial fue militarizar la sociedad, incrementando el ejército realista con cuerpos de milicias que mantuvieran el orden en el campo y en la ciudad —medida que servía además para ocupar a los muchos desocupados de la época—.

El virrey José Fernando de Abascal (1806-1816) recogió la experiencia de los serenos: mejoró y amplió el Cuerpo de Serenos, generalizó su servicio a toda la ciudad, dictó su reglamento y creó además un servicio diurno a cargo de celadores. Esas mismas milicias le permitirían enfrentar el temporal separatista que empezaba a llegar, auspiciado por la irrupción de Napoleón en la metrópoli y la supresión temporal de la casa real. Suprimida la Inquisición por el triunfo de los liberales —que había funcionado como una suerte de policía política—, Abascal cubrió su ausencia organizando una policía secreta propia para conjurar los peligros al orden colonial.

Ya en el ocaso del virreinato, con la expedición sanmartiniana a punto de desembarcar, el virrey Joaquín de la Pezuela (1816-1821) estableció una especie de guardia urbana denominada «Reunión de fidelidad y literatura» para mantener el orden en medio de la incertidumbre política, acompañada del correspondiente bando de gobierno y de instrucciones precisas para los alcaldes de barrio.

La independencia heredará este aparato —cuarteles, alcaldes de barrio, serenos, celadores— y será incapaz de sostenerlo, como se ve en el capítulo siguiente. Sobre el conjunto de las reformas borbónicas, véase Britannica.